"¿Su ciudad es maquillada, alcalde Nebot?" ¡qué sueño de pregunta! para cualquier periodista guayaquileño o ecuatoriano, con un mediano criterio de cuestionamiento, lo es. Quien hizo realidad esta utopía fue la argentina Lelia Guerriero, redactora del diario La Nación.
Dejo el link para que lean el reportaje titulado Guayaquil: la regenerada, es algo largo, pero muy bien articulado y fluido. Yo solo extraigo algunos fragmentos, que rescato por su objetividad y crítica. Me gusta la aproximacción sutil, a la vez que cuestionadora, que se hace al tema de la regeneración urbana, desligada de la construcción de ciudadanía, sin caer en críticas apasionadas anti regeneración.
Y claro, el alcalde sí atendió en su despacho a una periodista extranjera, quien se tomó la licencia de hacer preguntas externas al guión de Nebot y los medios lambones:
–¿Por qué tienen puertas con rejas y candados en el cerro Santa Ana?
–Sí, las vamos ampliando cada vez más. Pero las puertas son transitables. Para todo el mundo.
– ¿Para qué las pusieron?
–Para demarcar. Le dimos una forma estética a demarcar. Nunca están cerradas. El turista puede ir al callejón y ver que termina allí, pero no es que el que está al otro lado no puede pasar.
–No, las cierran con candados...
–Con nada.

Los cuestionamientos que hace Guerriero sobre la regeneración en el cerro Santa Ana me recuerdan las conversaciones que he tenido con amigos en un bar del mismo cerro... claro, esas discusiones se quedan ahí, porque a los editores de los medios locales no les gusta tocar ese tema, porque, en palabra de ellos, "no propone nada nuevo"... en fin.
De este lado del portón, en cambio –del lado regenerado de las cosas–, la gente no puede tender ropa, ni dejar mascotas sueltas, ni salir con el torso desnudo. Hay ordenanzas que lo reglan: “A fin de conservar la calidad de imagen del área de intervención del Plan de Regeneración del Cerro Santa Ana les está prohibido lo siguiente: Tender ropa en los balcones y ventanas (...). Mantenerse o deambular con vestimentas que atenten al decoro y las buenas costumbres en las áreas públicas (...). Desarrollar cualquier actividad recreativa, artística o cultural en las plazas del sector sin obtener autorización (...)”. Elizabeth no ve la hora de no poder hacer todas esas cosas: de que la regeneren.
Son cosas evidentemente chocantes para cualquier ser humano con nociones de derechos humanos y democracia. Encerrar a todo un barrio tras un candado de 1 a 6 de la mañana tiene tintes nazis, como esos ghetos donde estuvieron los judíos antes de ser enviados a los campos de concentración. Sí, es una exageración, pero eso no quita lo chocante.
Sólo menciono una parte del reportaje, les recomiendo que lo lean todo, es rico en detalles y colores. No digo que sea un candidato al Pullitzer, pero sí es un logro en el sentido de que se ha cuestionado al incuestionable. Las discusiones de comunicadores, escritores, ciudadanos salieron de las aulas de clases o de los bares, para convertirse en un reportaje, totalmente desligado de compromisos políticos (una ventaja de ser medio extranjero) y de aproximaciones viciadas por experiencias particulares.
y así termina:
Lejos del palacio municipal hay una plaza llamada Victoria. De la Regeneración para acá, la plaza ganó una reja. Adentro, entre sus charcos de cemento con palmeras, sus bancos de hormigón y una glorieta, hay poca gente. Más gente hay del otro lado. Allí, en la vereda, deambulan vendedores. El Gato vende masajes: es un hombre de setenta años, con un maletín de cuero en el que ha pegado un cartel que reza: “Se soban toda clase de safaduras. Yo. El Gato”. Cuando la policía viene, El Gato da vuelta el maletín para ocultar las intenciones y entonces parece lo que es: un hombre pobre, encerrado del lado de afuera de una plaza enrejada.